Pasear por uno de sus jardines románticos. Saborear la mejor cocina inglesa en un local con historia. Transportarnos a las meriendas victorianas con un tradicional afternoon tea.  Esos fueron tres de nuestros indispensables en la escapada que realizamos a finales de año al bullicio navideño de Londres.

El Thames Foyer del hotel Savoy fue nuestro primer punto del itinerario, nuestra primera incursión -o reincursión- en las tradiciones más representativas de la cultura inglesa.

Aunque los dichos populares sugieren que al Savoy sólo se ha de llegar en taxi, nosotros nos acercamos a pie, tras un instructivo paseo por las cercanas Jermyn Street, Regent Street y alrededores.

La bienvenida del hotel hechiza. Según atraviesas su puerta giratoria, flanqueada por personal impecable de librea y sombrero de copa, y caminas por el suelo en damero del hall principal, no hay escapatoria. La magia de décadas distinguidas y cierta nostalgia aprendida en películas de época, te atrapan.

Nos acomodaron en una mesa discreta, que brindaba intimidad y una panorámica privilegiada para empaparnos del ambiente, la decoración, las personas, el propio servicio… De frente, la pérgola que preside el salón, salpicado de grupos espaciados de mesas bajas con cómodas butacas.

Conocido el ritual, nos decantamos por el Savoy Afternoon Blend y por un Green Tea de raíces marroquíes, servidos en coquetos juegos de té con toda su parafernalia. Sin prisa, disfrutamos del ceremonial. El ambiente invita a la conversación suave, relajada. Como instaurara la 7ª Duquesa de Bedford en el Reino Unido del siglo XIX, embrión de las posteriores Tea Party de la corte inglesa, el té se acompaña de una merienda ligera de pequeños sándwiches y un broche goloso.

Declinamos la invitación a una copa de champagne y picoteamos la selección de bocaditos salados de pastrami, salmón ahumado con créme fraîche, roast beef con cebollita caramelizada y pepino con crema suave de queso. Se nos hizo la boca agua con los tradicionales scones (sólo por probarlos merece la pena visitar cualquier salón de té) y nos rendimos al abanico de pastelillos de fresa, chocolate, vanilla y caramelo…y eso que no somos golosos.

Según avanza la tarde, las mesas de merienda que van quedando vacías acogen a otro perfil de público: pequeños grupos de amigos que quedan para tomar una primera copa, parejas que –imagino- toman un aperitivo previo a la cena… La sobriedad y buen vestir es, salvo excepciones, la marca de la clientela.

Visitar el Savoy es cita absolutamente recomendable para revivir una tradición clásica, con garantías de autenticidad.

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